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6月26日 Farrah Fawcett6月15日 Asumir los cambios que nos esperanA Belén, para que se atreva a dar el salto a Marruecos Delibes explicaba en su discurso de ingreso en la RAE, hace ya 34 años, que todo progreso en el deseo de someter la naturaleza por el hombre conlleva un retroceso, lo que él llamaba, utilizando la jerga cinegética, un culatazo. En un mensaje inusualmente ecologista para aquellos años, empleaba la ley de la conservación del momento lineal (tercera ley de Newton) para hacernos reflexionar sobre todo aquello a los que debemos renunciar cuando avanzamos en bienestar. En una forma muy particular de enunciar el segundo principio de la termodinámica, J. Wagensber decía que “limpiar es cambiar el zurullo de sitio”. Éste es el principio por el que se explica que la vida sea un suceso probable; también es el que nos debería hacer reflexionar sobre las consecuencias que nuestras acciones en el mundo urbano desarrollado tienen sobre el entorno rural, o incluso salvaje, ya sea cerca o lejos de nosotros. A veces da la impresión de que, alcanzado un nivel de desarrollo, asumimos con mayores alegrías los impactos medioambientales derivados de los avances en el bienestar urbano. Pero los avances que hacemos para compensar los excesos no están exentos de sus respectivos impactos en mayor o menor medida. Recientemente tenía sentimientos encontrados al pasear de noche por la medina de Chauen: no hacía mucho que se había instalado el tendido eléctrico, y tiendas, tenderetes y restaurantes estaban iluminados con lámparas de bajo consumo. De pronto, la ciudad azul, tan bella de día, ya no lo era tanto de noche. Será porque el paisaje nocturno al que estamos acostumbrados acoge a la luz rojiza bien de una vela, bien de una bombilla incandescente; y aquella, en cambio, era azulada o verdosa, desvaída, desvirtuando la imagen que todos tenemos de la noche urbana. Recorrer el Rif me hace imaginar cómo sería el paisaje de la Alpujarra hace décadas: pueblos compactos, cultivos en terrazas adaptadas a las zonas bajas de los valles, los montes cubiertos de masas arbóreas y arbustivas distribuidas según la topografía. Y mientras recorremos aquellos valles empezamos a comprobar cómo empiezan a aparecer los primeros desmontes para la instalación de aerogeneradores, los nuevos molinos de viento que recorren una cordillera hasta ahora casi virgen. Para quienes el uso de las energías renovables forman parte de cómo se concibe la estancia en este mundo, resulta amargo comprobar la forma en que estos aprovechamientos están afectando a los paisajes con los que nos sentimos identificados. Los parques eólicos se han extendido de tal forma que ya empieza a ser difícil encontrarse en un lugar desde el que no sea visible uno de estos molinos. Al igual que la energía eólica, la fotovoltaica está dando lugar a la proliferación de huertos solares, ocupando cientos de hectáreas de suelo agrícola. Y sí, la energía solar o se destina a producir materia vegetal o se destina a producir electricidad, pero es imposible que pueda dedicarse a ambas cosas en el mismo espacio. Después de muchos vaivenes en mi postura sobre la crisis energética, tras leer las opiniones al respecto de gente tan fuera de sospecha como James Lovelock, no tengo tan claro que haya energías buenas o malas, sino buenas o malas formas de utilizarse. Y para ser sincero, no quiero imaginarme mi tierra repleta de ingenios que tengan que abastecer de forma completa a la población con el nivel de consumo que tiene actualmente y al que no es capaz de renunciar. Parece sensata esa propuesta de compatibilizar las distintas formas de aprovechar la energía en aras de reducir las emisiones de CO2, controlar la ocupación del suelo y ¿por qué no? el impacto paisajístico. Eso, junto con un aumento de la eficiencia energética y una reducción del consumo. Y mientras tanto, iremos asumiendo los cambios que nos esperan. Si podemos. |
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