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    October 26

    Principios Rectores de la Existencia V. Las prisas


    Que ya lo dicen en Marruecos: "No hay prisa, la prisa mata".
     
    Si hay algo que tengo visto y comprobado, es que aquellos que se te pegan a la parte trasera del coche no van a separarse de tí por mucho que aumentes la velocidad. En estos casos la medida que siempre me ha funcionado para conducir de relajadamente es proceder de forma contraintuitiva, es decir, reduciendo paulatinamente la velocidad. Si hiciera falta, la reduciría hasta que la separación con el individuo de atrás se convirtiera en la distancia de seguridad para la velocidad alcanzada. Nunca ha sido necesario, y antes de ir a paso de tortuga terminan por adaptase a las condiciones del tráfico y distanciarse adecuadamente hasta que encuentran la oportunidad de adelantar.
     
    Cada cual conoce sus limitaciones, y sobrepasarlas no lleva más que a cometer errores que pueden ser fatales, incluso para quienes te meten prisa. Es lo que hay.

    January 16

    Principios Rectores de la Existencia IV. Contrato Vital

    CONTRATO VITAL

     
    [...]
     

    CLÁUSULAS

    1. Nunca es tarde.
    February 19

    Principios Rectores de la Existencia III. La sinceridad hiriente

    Tras los salvapatrias, tenemos los sinceros por la Gracia de Dios

    —Perdona, no te ofendas, pero eres gilipollas.

    —No, ¡por Dios! ¿cómo me voy a ofender? ofende quien puede, no quien quiere.

    April 27

    Principios rectores de la existencia II. El orgullo imbécil

    Tendría unos catorce, y aquella tarde de otoño decidimos ir a las rocas, un espigón que, junto con el puerto, cerraba una gran bocana algo mayor que una cala y algo menor que una bahía artificial.
     
    Habíamos comprado zumos, cervezas y algunas latas con la idea de hacer una merienda junto al mar. Dicen que una pipa a un sabio le sirve para pensar, y a un tonto para tener algo que meterse en la boca. No sabría cómo calificar aquello, pero encontrarnos con un banco de mejillones a ras de la superficie del agua, un trozo de chapa ondulada y unos maderos, nos sirvió para organizar una parrillada al estilo de la Isla de los Famosos.
     
    Rápidamente dividimos las tareas: mientras unos sacaban los mejillones del agua, otros buscaban trozos de madera, papeles y algas como combustible. Había buen ambiente y la idea de comer algo que habíamos cosechado nos hacía ilusión. El tamaño del grupo permitía que siempre hubiera gente ociosa, y que entre sus componentes apareciera alguien que no te cayera del todo bien. Las dos circunstancias se concentraban en el Sánchez, cuya misión consistió en animar la fiesta tirando petardos a diestro y siniestro.
     
    Por una simple ley estadística, el gordo siempre toca, y aquella tarde el gordo me tocó a mí: uno de los petardos me estalló en el pecho. Me quité el jersey y ví aquel agujero con los bordes negros en medio del fondo burdeos. La indignación no sé si se debió al estropicio, o a que éste me lo había causado el Sánchez. ¡Joder, qué cabreo! Me cabreé mucho, muchísimo. Después de soltar todo el animalario reptante por la boca, y repasar la estirpe del Sánchez, me retiré del grupo siguiendo el espigón hasta el final.
     
    No sé cuanto tiempo estaría rumiando en la distancia, pero tras unos minutos de respirar el aire del mar, y contemplar el lento batir del mar en las rocas, la ira fue convirtiéndose en un suave enfado. De manera, que regresé lentamente hacia el lugar donde estaban los demás, hasta quedarme a unos quince metros de distancia, en silencio y con el gesto contrariado.
     
    Los mejillones se estaban abriendo sobre la plancha, y el aire olía a mar. Seguramente también a madera, y a algas, pero sobre todo a mar. Enfadado y todo, la mirada no se me desviaba de aquella plancha en la que habíamos volcado los ánimos.
     
    -¡Eh! que esto ya está- me dijo alguien.
     
    La voz me hizo reaccionar, y no sé por qué estúpido mecanismo me dije para mí mismo: "pues ahora no como".
     
    -No me apetece- dije.
     
    -¡Venga, hombre! que están de puta madre.
     
    No creo que me lo repitieran dos veces, pero a todas me negué. De modo que allí estaban todos liquidándose los mejillones, y yo mirando.
     
    Creo que fue justo en el momento en que terminaron, cuando pensé que por qué no iba a comer, que qué tenía que ver el tocino con la velocidad. Lentamente me levanté y me dirigí hacia la plancha, y pude comprobar que ésta ya estaba vacía. Lógicamente, no hice el más mínimo comentario ni di lugar a que nadie pensara que me había arrepentido de mi decisión. Porque además de haber adoptado una postura de orgullo imbécil, habría quedado como un gilipollas.
     
    (Gracias Amanda)
    March 27

    Principios rectores de la existencia I. Los c@jones

    Llegamos a nuestro destino: unos pinares a 1700 m de altitud. Hay que regresar, el camino aún continúa y es muy probable que exista un lugar más adelante donde el autobús pueda maniobrar; pero el conductor decide que es mejor dar la vuelta allí mismo.
     
    El vehículo entra en un prado con el suelo húmedo, pero cuando se dispone a salir, las ruedas patinan en el barro. Más o menos enseguida, un grupo de jóvenes voluntariosos nos disponemos a sacar el autobús de aquel barrizal. Empezamos a empujar con las dos manos, luego con los riñones, y finalmente con la cabeza.
     
    Desde la primera ventanilla, el conductor del autobús nos grita:
     
    -¡Venga, con cojones!
     
    Mi amiga T pierde de pronto las fuerzas, y le responde:
     
    -Si hubieras pensado con la cabeza en vez de con los cojones, ahora no nos estarías pidiendo que empujáramos con los cojones en vez de con la cabeza.